
En el corazón de Barracas, en Santa María del Buen Aire y Alvarado, el escultor argentino Pedro Tricárico encontró su refugio creativo. “Siempre me tiró este barrio”, dice y cuenta que en su infancia lo veía desde la ventana del tren Roca. Con los años, su vínculo con Barracas se fortaleció, primero al estudiar en la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano y, luego, al trabajar con el escultor Leo Vinci, quien integró el Grupo del Sur junto a los artistas plásticos Carlos Cañás y Aníbal Carreño. Hace 18 años encontró este taller, que considera su espacio definitivo.


Cuando llegó al lugar era muy diferente de lo que es hoy. Hubo que hacer arreglos en las instalaciones, cañerías y revoques. “Enseguida vi el potencial: es un espacio que fui amoldando a mis trabajos”, dice.
El taller tiene una sala para la composición, un sector de herramientas y una terraza donde guarda algunas de sus piezas. El espacio es clave porque el trabajo con las formas, los tamaños y los pesos que definen su obra termina adecuándose a las posibilidades de su taller.


Los materiales que le ofrece el entorno también influyen en sus proyectos. En otros tiempos, cuando participó en simposios de escultura en madera en ciudades como San Martín de los Andes o San Marcos Sierra, trabajó con troncos enormes: “Pero aquí, en la ciudad, eso es complicado. Entonces, mis piezas son más livianas y transportables”.
Para Tricárico, el taller es mucho más que un espacio de trabajo. “Es donde uno respira”, dice. La rutina es fundamental: al llegar, se cambia de ropa a una muy “de entrecasa” y prepara unos mates: “Ya ahí estoy en condiciones de tirarme al suelo o lo que haga falta para trabajar en la pieza”. Describe a su taller como “un espacio egoísta, pero necesario”, donde se entrega por completo a su trabajo. Sus jornadas, cuenta, pueden extenderse hasta la noche, especialmente cuando prepara una muestra. De todos modos, “el trabajo nunca se termina, siempre continúa en otra pieza”.
Las herramientas y materiales son esenciales, aunque siempre encuentra una nueva herramienta que le gustaría tener. “Lo indispensable está. Y lo principal es la necesidad de seguir creando. El día que falte eso, habrá que replantearse todo.”


Guiado bajo la certeza de que la creación nunca termina, Tricárico sigue explorando nuevas formas, direcciones y dimensiones en relación a las posibilidades espaciales y creativas que el propio taller le entrega. Aunque admite que, en una suerte de retroalimentación, el taller mismo también se ve afectado por sus producciones escultóricas: “Si bien es estático, el taller vive cambiando porque el trabajo mismo cambia el espacio y la forma de verlo”.